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domingo, 20 de mayo de 2012

HACIA UN ESTADO DEMOCRÁTICO: GOBIERNO, VOTO Y CIUDADANÍA

Enrique Rivero Ojeda

"Tener una identidad es construir una figura
en la que nuestro pasado se integre en un proyecto
renovado… A nosotros corresponde dibujar el rostro
 en que podamos reconocernos, y ver en él nuestro pasado.
Pues un pueblo tiene que llegar a ser lo que ha elegido."

Luis Villoro



Las elecciones para Presidente de la República son inminentes. Los mexicanos hemos sido testigos de un  sinfín de manifestaciones políticas por parte de cuatro candidatos: radio, televisión, internet, así como prensa escrita, han sido los medios por los que cada aspirante a la presidencia ha expuesto su plataforma política. Como ciudadanos, el papel que nos atañe ante esto es el de la crítica, la reflexión y la apuesta por aquello que nos parezca mejor para el país. Sin embargo, ¿alguna vez nos hemos preguntado para qué o por qué votar? ¿Tenemos claro qué repercusión o efecto real puede tener nuestro voto? Hay un porcentaje importante de indecisos y un grupo aún mayor y más preocupante de abstencionismo. La política en nuestro país no es considerada como ejemplar, mucho menos los políticos que la representan. Este es tal vez el motivo determinante por el que numerosos ciudadanos prefieren no involucrarse en el terreno de la elecciones, y simplemente deciden no votar o anular su voto.

Cabe resaltar que, a pesar de la existencia de un grupo importante de abstencionistas, y otro más pequeño de electores que anulan su voto, uno de los cuatro candidatos será elegido: no hay otra posibilidad en el sistema electoral mexicano. En las elecciones del 2011 para gobernador en el Estado de México, hubo un 57.4 % de abstencionismo, y es claro que existe un mandatario en esta entidad y que regirá durante seis años. Esta es una razón más para involucrarse en decisiones que son trascendentales para los individuos y la sociedad en general. Los sistemas democráticos contemporáneos germinan tras una persistente lucha de los ciudadanos por defender sus derechos, y por su intervención constante en el terreno político. Y es que la democracia no es una realidad que se dé per se: es una esfera heterogénea que se construye paulatinamente con el trabajo, las responsabilidades y las exigencias de ciudadanos comprometidos con su entorno.

Esa es la razón por la que resulta imprescindible evocar la etiología de una institución como el Estado, saber cuál es su función y entender el porqué de su existencia. Parecería que el Estado es una entidad atemporal, y que a los individuos no nos queda otra opción más que asumirla como una realidad inexpugnable. Es verdad que no se comprende al hombre moderno sin la existencia de un organismo que le garantice seguridad y una serie de derechos para existir, pero eso no significa que nos esté vetado calificar su desempeño.

            Recordemos que antes de que existiera el Estado como tal, se vivía en un principio de naturaleza: la realidad del ser humano estaba constituida por el caos y  la inseguridad. La imposición del más fuerte, la transgresión generalizada y un mundo sin ley eran los antecedentes del Estado. De ahí la necesidad de protegernos en un Estado de derecho que velase por el respeto hacia las garantías mínimas para el desarrollo de los individuos.

El hombre firmó un contrato en el que cedía el poder a un organismo que, a cambio, se comprometería a salvaguardarlo, respetarlo y darle las condiciones necesarias para un desarrollo óptimo: estas serían, además de muchas otras, las funciones mínimas de un Estado democrático. Sin embargo, un contrato sólo es efectivo si se lleva a cabo bilateralmente, es decir, si cada una de las partes cumple con la función que le corresponde. No podemos exigirle al Estado seguridad, salud, educación, vivienda, etcétera, si no somos capaces de responsabilizarnos de una acción primaria como lo es votar. Lo que nos hace ciudadanos, entre otros elementos, es el  acto primigenio de decidir quién tiene que gobernar. Elegir a quién le voy a otorgar mi voto, con quién firmaré el acuerdo de reciprocidad, y con qué proyecto de nación me implico, es parte fundamental de esa responsabilidad.  Ahora bien, parte esencial de la democracia es aceptar que no siempre será elegido el candidato por el que votamos, así como también es obligación del Estado y de sus instituciones garantizar que el proceso electoral sea legítimo y transparente. Si el Estado de derecho sobre el que se sostiene la legalidad, la libertad y la autenticidad del proceso electoral no cumple a cabalidad con su labor, los resultados podrían ser catastróficos.

Las sociedades contemporáneas —cada vez más complejas— requieren de ciudadanos preparados, que comprendan que el quehacer político es una actividad básica para alcanzar la justicia. Por ello, es necesario que los ciudadanos se decanten por la práctica y el ejercicio reflexivo, por ejercer un voto bien pensado, que se encuentre comprometido con la verdad. Ese es el voto que beneficiará al país y a la sociedad en general.

Hay que tener claro que con el voto comienza la democracia, pero ésta no se agota ahí. Es condición necesaria que los ciudadanos hagamos un frente común para defender dicha democracia. El individuo aislado es un cáncer para cualquier nación. No es posible desentendernos de lo que sucede en la polis, cada vez es más claro que para que un país crezca en todos los sentidos, es requisito indispensable que sus habitantes busquen no sólo el beneficio particular, sino el bien general. Ya lo afirmó alguna vez Rousseau: la diferencia entre el hombre y el ciudadano es que el primero busca la felicidad, mientras que el segundo busca la justicia. El ciudadano debería inclinarse a llevar a cabo una noción plural del bien, sabiendo que de esta manera también él saldrá beneficiado.

Resulta imperativo, pues, que exista una ordenación madura de la sociedad civil. Una sociedad organizada es una comunidad que comparte y desarrolla valores y objetivos conjuntos. Es indispensable que la esfera pública tenga un peso determinante en la realidad política de un país. Mientras los individuos estén apartados será más factible que los gobiernos decidan unilateralmente cuál debe ser el rumbo. Participemos, hagámonos responsables de nuestro entorno, levantemos la voz ante la injusticia, organicémonos y cobremos fuerza en la colectividad. Un verdadero estado democrático comienza por una acción muy simple, por un acto que está al alcance de todos: el voto. Votemos, y decidamos en qué país deseamos vivir.





REVALORAR LA POLIS

Por Paula Arizmendi Mar
Twitter: @parizmar


En esta época de profunda volatilidad política, de brutales discusiones y frecuentes conflictos electorales, muchos ciudadanos se muestran desanimados, quizás indiferentes, o simplemente poco representados. La protesta más común es aquella de “Todos los políticos son iguales”, o la de “Ni a cuál irle”, aun más triste. Los votantes consideran que los candidatos prometen mucho y cumplen poco; y que de gobernantes, embelesados con el poder, se dedicarán a sus negocios privados y olvidarán las preocupaciones del pueblo. Así, el voto nulo, o la mera ausencia en las urnas el día de las elecciones se hace una tentación cada vez más seductora. La queja detrás es clara, y seguramente te la has hecho muchas veces: ¿Por qué voy a hacerle caso, si no me representan? ¿Por qué voy a interesarme por la política, si solo es el negocio de unos cuantos?

Es comprensible que pienses eso, que odies a la clase política y  detestes aún más el círculo de diputados, senadores y demás fauna gubernamental. Pero en realidad, la política es mucho más que todo el circo mediático que se conoce y las figuras que salen en las noticias. La política es, inicialmente, una actividad que se da en la ciudad (polis, en griego). El pensador griego Aristóteles, en su libro Política, consideraba que por naturaleza el ser humano es político: es un ser que vive en comunidad, en la polis, y por tanto debe tener la disposición de convivir y de organizarse. Todos los seres humanos, nos guste o no, somos seres políticos, y nos cruzamos una y otra vez con las decisiones que otros toman.

Desentenderte de la política es no querer saber sobre lo que es natural a nosotros: esa coexistencia y búsqueda de reciprocidad entre los ciudadanos. Si consideras que los mexicanos no podemos hacer nada por el país, que los encargados de la política son unos ladrones y sátrapas, y no actúas al respecto, de cualquier manera estás siendo parte de la política. Porque política es desde la organización de tu manzana, tu colonia, tu municipio o delegación y tu estado. ¿A poco no puedes comenzar haciendo cambios en donde vives? Pues eso también es política, y no tiene que ver con los  cínicos mandatarios o las grandes organizaciones partidistas.

Todos nosotros tenemos muchas propuestas sobre cómo mejorar la situación en México. Pero nunca las llevamos a cabo porque pensamos que de eso tienen que encargarse los llamados “políticos”. Y con esta concepción en mente, la gente siempre piensa que si tienes actividad política es porque quieres un puesto y vas a ganar algo. Piensa en lo siguiente: en la política real, a la que refería Aristóteles, las propuestas no se hacen para tener más dinero o para tener poder: se hacen porque interesa un bien común, porque quieres que tu colonia tenga mejores servicios, o porque deseas que tu manzana tenga una mejor distribución y más actividades. Esa es la verdadera finalidad de la política (y la cual muchos parecen haber olvidado): que todos vivan mejor, no que uno tenga más cosas malhabidas en detrimento de los otros. Ahí está la importancia de tener poder ciudadano: se trata de organizarse y buscar un bien que sirva para todos, y nada más.    

Y por último, está la parte oficial, esa a la que tantos son indiferentes o por la que están desencantados. También ahí puedes poner tu granito de arena. A pesar de que esos “políticos” son de dudosa calidad moral, y están en una gresca permanente, hay una diferencia entre ellos: no todos son iguales. Pero para descubrir eso tienes que informarte, investigar y conocer más a fondo qué dice cada uno de ellos. Eso también es política, el participar en los comicios electorales: reflexiona, comenta, discute con amigos y familiares, involúcrate en lo que está sucediendo en el país, y exige a los gobernantes que cumplan lo que prometan. Sal a votar, y vota con conciencia y después de haberlo meditado. También eso es política, aunque no nos guste. 

En estos tiempos de manipulación y saturación informativa, ser ciudadano es una actitud y una responsabilidad que debemos compartir todos. No es nada más votar y desentenderse: es participar activamente en las decisiones grandes y pequeñas de México. Vivimos en una polis, y como tal, estamos obligados a hacer política: pero no en esa concepción peyorativa, sino en la construcción conjunta de un orden más justo y equilibrado. Eso solo se puede lograr entre todos. Te invito a que descubras tu propio poder, que seas un verdadero ciudadano, y comiences a hacer pequeños cambios que muevan a México. A que te comprometas, participes, compartas, dialogues, concilies y, así, comiences a hacer verdadera política. Es hora de ser ciudadano, ¿no te parece?